Mario César Restrepo Escritor Manizaleño le escribe al COVID-19 que se escapo de un Laboratorio de Biotecnología

2020, AÑO CORONADO. Por: Mario César Restrepo Velásquez
Asomaba en el planeta con su inocencia cronológica el año 2020, año de
los gemelos, según la fake news de la profecía de Nostradamus. Cómo
siempre ha sucedido en la historia de la humanidad en ese trayecto
cósmico de cambio, parecía morir un 2019 con sus vicisitudes globales y
nacía para fortuna de muchos y tormento de otros, un 2020 para reescribir
las promesas incumplidas y replantear nuestras imperfecciones para
afrontar mejor la vida. Pero lo insospechado, inimaginable, inverosímil,
estaba mutando para hacer su macabra aparición a principios de 2020;
dicen unos, que de un mercado de vida silvestre, otros, que se escapó
accidentalmente en un laboratorio de biotecnología. Como quiera que
hubiera sido, lo real si es que, la génesis del “virus coronado”, covid-19,
surgió en la trepidante ciudad de Wuhan, capital de la provincia de Hubei,
China. Para la generalidad de los habitantes lejanos a la hipocondría, o con
bajo nivel de concientización de fenómenos de salubridad global, este
coronavirus no iba ser más que una gripa un tanto más fuerte que la
convencional y se podía combatir, a parte de los analgésicos,
bombardeando nuestro organismo con un arsenal de alimentos ricos en
defensas naturales. Pero la amarga realidad comenzó a inundar los
diferentes medios de comunicación con dantescas noticias de muerte y
desolación. No fue sino a partir de la declaratoria de pandemia a principios
de marzo definida por la OMS y la posterior encerrona obligatoria en casa
ordenada por los gobiernos que, revolucionó nuestra mente hasta el punto
de concebir este nuevo orden mundial como un parteaguas de nuestro
momento en la tierra. En su desesperado silencio el planeta gritó. Se bajó
la cortina de la productividad y se le echó cerrojo a la economía hasta
nueva orden. A los hoteles, plazas de mercado, almacenes, restaurantes,
bares, discotecas y grandes centros comerciales, dejaron de llegar los de
siempre, la fiel clientela que paga el arte del “bien hecho, bien servido y
bien atendido”, encimando generosa sonrisa. Las fábricas a menos de
media marcha con algunos de sus diligentes operarios ausentes de la línea
de producción. Las ejecutivas y ejecutivos, oficinistas de sastre y corbata, o
de casual vestir, retomando su saber hacer en el impensado mundo del
teletrabajo. Desolados quedaron también del bullicio y el alegre tropel los
salones y pasillos de las universidades, colegios, escuelas y jardines, con
sus regentes de enseñanza acogidos con sus familias reinventándose en la
conectividad. Y aquellos seres marginados, dueños de las desérticas
calles, sin cobijo y nulas posibilidad de aislarse, esperando con estoicismo
una mano dadivosa o un Gobierno apegado a la Constitución, responsable
de sus desamparados. En el vértice de esta lucha frontal contra el
coronavirus, “blandiendo la espada de Damocles”, están nuestros héroes
de “blanco atuendo”: médicos, especialistas, enfermeras, camilleros y
operarios de servicios, hombres y mujeres en cada uno de los honrosos
oficios y profesiones, que con su sacrificio y entrega, aportan hasta la vida
misma para paliar el brote de la enfermedad.
El mundo sigue girando en crisis y los percentiles del virus en cada rincón
del orbe en permanente frenesí mostrando sus letales estadísticas de
muertes vs infectados, y las también esperanzadoras cifras de recuperados
vs infectados; ni qué hablar de las variables macroeconómicas que entran
en depuración y necesaria recuperación mediante un delicado proceso de
“cuidado intensivo”. Entre tanto, a tres meses de la declaratoria de
emergencia, mientras nos sacudimos de ese letárgico encierro, con las
alacenas agotándose y nuestros cuerpos ganando peso, debemos de una
buena vez apuntarle a la resiliencia. Debemos reinventarnos con
inteligencia. Conocer al máximo nuestras potencialidades para reforzar las
que aun perteneciéndonos, permanecen dormidas, y pulir para llegar a la
perfección las que nos caracterizan y nos pueden dar ventaja. Así, pues,
ante la consabida problemática que está fluyendo sin control mientras
continuamos con este cívico aislamiento, hemos de asimilarnos en
constante búsqueda del “sueño americano”, pero ahora en Patria propia, en
el suelo que pisamos, combinando múltiples destrezas para incontables
necesidades surgidas antes, durante y pos pandemia.
Las costumbres de interacción con en el entorno social y familiar, tanto en
oriente como en occidente y sin caducidad a la vista, será en cierto sentido
frívolo, sin contacto alguno, distante y hasta semi-incognito si se quiere, por
el uso permanente del tapabocas. Lejanos quedaron esos abrazos a los
padres en visita de domingo, al hermano, al amigo, que nos hacían
sentirnos vivos y especiales para alguien, con la tibieza de un cuerpo y un
corazón palpitante, o el simple apretón de manos, con la fuerza de la
lealtad. Pero mientras esto pasa, porque habrá de ser historia como todas
las epidemias de la humanidad, desbrozaremos cada día con nuestro
círculo íntimo de convivencia, como se nos venga en gana, el placer de su
grata compañía sin reservas ni prevenciones.